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Mi profe tiene 49 años y es influencer

Tengo estudiantes que son infuencers, pero lo que a ellos les sorprende es que yo también lo soy. Un influencer madurito. Por mi tipología de trabajo, en departamentos de marketing y comunicación, siempre he tenido la suerte de poder comer en sitios estupendos. Forma parte del día a día cuando trabajas en multinacionales el tener que potenciar las relaciones profesionales y personales con tus grupos de interés. Visitaba tantos restaurantes que me convertí en referente entre mis amigos a la hora de recomendar donde ir a comer con su pareja en un día especial o simplemente donde tapear en un nuevo espacio que habían abierto hacía poco. Entre todos mis defectos, hay uno destacable: no tengo mucha memoria. Era un inconveniente porque ante una llamada para recomendar algo nuevo, se me hacía difícil recordar más de 5 o 6 nombres. Me dieron un consejo: abre un Instagram y cuelga las fotos.

Soy persona de marketing, así que lo hice pensando en crear una auténtica marca personal sin más objetivo que recoger todo lo que visitaba y valorar la experiencia de manera simple. Hice todos los pasos básicos: investigué los perfiles gastro de Barcelona, valoré los namings que habían, miré quien logotipaba, observé la tipología de fotos, detallé como hacían las descripciones y textos, capturé insights que mis amigos o familiares cuando hablaban conmigo sobre el tema y establecí unos valores que me diferenciaran. El resultado fue la creación de una cuenta amateur foodie llamada @soydemorrofino (sacado del insight de mis amigos “Beto, tu no vas a cualquier sitio, tu eres de morro fino” con un logotipo que simbolizara el mundo gastronómico (un cerdo) y me representara a mi (unas gafas). Aposté por la foto de calidad y siempre desde un mismo ángulo como identidad personal y agregué algo que nadie hacía y que me diferenciaría: ver el nombre del restaurante en la foto para no tener que clickarla para ver donde era, y siempre adaptando un poco la tipografía a la del propio restaurante para crear un link visual. Era un “divertimento”, nada de ser una obligación ni perder mucho el tiempo. Otro requisito: nunca me desvirtualizaría, es decir, nunca mostraría mi cara.

Lo envié a mis amigos. Los 200 amigos se convirtieron al poco tiempo en 1.000 seguidores, 3.000, 5.000, 10.000, 20.000 y ahora cerca de 22.000. Instagram ha ido cambiando sus políticas de visualizaciones con el tiempo y cada vez es más difícil crecer si no inviertes o no publicas con frecuencia. Yo invierto 0 y publico máximo 2 veces a la semana. Todo lo que pueda llegar a crecer es orgánico.

Soy un ejemplo de lo que llamamos “influencer”. Detesto esta palabra. Ahora hay quien nos llama “altavoces”. Me quedo con la primera aunque no me guste porque experimento en mis propias carnes lo que es ser un influenciador. No deja de ser el líder de opinión de toda la vida pero con naming anglosajón y más marketiniano. Después de colgar la reseña de un restaurante esa semana o las siguientes los seguidores reservan y acuden. Lo sé porque casi diariamente recibo DM’s dando las gracias por la recomendación, contradiciendo algo que comenté después que lo hayan probado, o simplemente recomendándome alguno similar que ellos conocen. ¡El extremo puede llegar a proponer citas para ir a comer o cenar conmigo, sin conocerme ni haberme visto! Declino, claro, que no estoy para divorcios.

Todo me sirve muchísimo en mi experiencia docente. Conozco el funcionamiento como “heavy-user” de la red social más popular casi igual que mis alumnos 27 años más jóvenes. Sé los cambios que se producen, soy tester de cambios antes que lleguen a todos, sé cómo se relacionan las agencias con los “influencers”, sé que ofrecen, que pagan y que piden por publicación (por cierto, otra auto-norma es que nunca me remuneraría), sé cómo se relacionan las marcas directamente, como me ofrecen las invitaciones los restaurantes (si, acepto invitaciones a restaurantes siempre y cuando sea un restaurante al que iría por mí mismo), conozco muchas de las fiestas que se hacen en la ciudad y me permite ver cómo están organizadas, conoces a prensa especializada, conversas con otros influencers e intercambias detalles, y un largo etc.

Tengo 49 años, pero mi obligación como docente en un mundo tan cambiante como es la comunicación y el marketing es estar tan actualizado como pueda, ser ejemplo a nuestros alumnos de la obligación que tienen de ser inquietos y adaptables a los cambios, de ser curiosos, de hablar su mismo idioma, de cómo aprovechar sus conocimientos en todos los aspectos profesionales y personales de su vida, y alentarles a moverse a campos que le gusten y les apasionen.

Ahora está de moda Tik Tok. Aquí, me perdonaréis, me cuesta verme cantando y moviéndome rollo “twerking” delante de una cámara. Debe ser la edad.

Beto Sanz. Profesor asociado de Seminario VII, de la asignatura de Marketing internacional y es director de TFG-II del Grado de Publicidad Relaciones Públicas y Marketing. Facultat de Comunicación y Relaciones Internacionales Blanquerna (URL).

 

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